No había ninguna duda. Estaba perdida en algún lugar extraño, dentro de mí.
No hacía más que andar por un túnel oscuro y, al fondo, asomaba un bosque lleno de dudas acerca de mi origen.
Al llegar allí, me senté a la sombra de un árbol a pensar. Sentía el helado viento azotando mi cara, me dolía. Sentía que la luz de mi interior se iba desvaneciendo y, cada vez, era más y más tenue. Sentía como la oscuridad se iba adueñando de mi alma, y lloré.
Algo insólito pasó entonces, una gota cayó sobre mi cabeza. Alcé la mirada y no ví más que a la luna. Ella lloraba conmigo. La veía distinta, ya no brillaba tanto, había perdido toda su elegancia. De entre sus surcos apareció el rostro de una anciana:
- No llores, mi niña, aún estamos a tiempo.
No entendía sus palabras. ¿ A tiempo de qué?
- Disculpe, señora, creo que no comprendo.
- Ya comprenderás, es cuestión de tiempo, pero ahora tienes que hacer algo importante, yo soy ya muy anciana. Verás, el Amo del Valle de las Sombras está robando mi luz, tu luz, nuestra luz. Si lo consiguiera perteneceríamos a la oscuridad para siempre, y la noche necesita de mí, y de tí.
- ¿ De mí?
- Todo a su debido tiempo, ahora debes marchar al Valle de las Sombras y recuperar la luz.
- ¿ Yo? Pero…¿cómo?
- No te preocupes, yo te ayudaré a llegar allí, tan sólo recuerda una cosa: cuando te veas en apuros, sueña, hija mía, sueña. Porque nada puede el mal contra la ilusión.
Aquella conversación me dejó aturdida, confusa, más de lo que ya lo estaba. Volví a levantar la cabeza, el rostro de la anciana había desaparecido. Empecé a dudar de si esa aparición había sido real, y entonces me acordé de aquella lágrima.
El tiempo no pasaba en mi interior, por lo que aún estaba yo sentada en aquel lugar, tratando de ordenar mis ideas, pensando en lo sucedido. Poco a poco, notaba como mis párpados se iban cerrando hasta que, finalmente, quedé dormida.
El despertar no fue precisamente agradable, hacía mucho frío y estaba todo muy oscuro. Era evidente que ese lugar no era mi bosque, en él no había ni el más remoto rastro de vida, todo era tristeza. A lo lejos, podía divisar unas desnudas colinas que llevaban impresas el desolador sello de la destrucción, y la muerte. No había duda, estaba en el Valle de las Sombras.
Caminaba horas y horas cada día sin encontrar nada que no fuera desolación. Empecé a sentirme mal, fue entonces cuando supe que no nos quedaba mucho tiempo, ni a mí, ni a ella. Decidí descansar un poco, tenía los pies deshechos de tanto andar, y el corazón roto de impotencia y rabia. ¿ A qué clase de ser le gustaría ser el amo de semejante territorio?
En alguna de mis pesadillas, me pareció ver a un hombre sin rostro alojado en un sombrío castillo, que destacaba en la cima de unas colinas. Era allí donde, celosamente, custodiaba en una enorme urna de cristal la luz robada tanto al sol, como a la luna. Era allí donde yo debía ir.
El estruendo de la tormenta que se avecinaba me sobresaltó, de pronto. Miré de nuevo hacia las colinas, en lo alto, pude distinguir una negra mancha en la que antes no había reparado o que, tal vez, antes no estaba. Algo me decía que ese era el lugar donde debía dirigirme. Hice un par de cálculos, aún tardaría mucho en llegar. Debía apresurarme porque notaba que el tiempo, siempre el tiempo, se iba agotando, cada instante que pasaba era un poquito más de luz que se desvanecía en mi interior. No había recorrido mucho camino todavía cuando sucedió algo. Mientras avanzaba por el pedregoso desfiladero que había de llevarme hasta el castillo, escuché detrás de mí unos pasos. Me detuve y giré la cabeza, no había nadie, pero la sensación que tenía era que estaba siendo espiada desde hacía ya bastantes metros. Mis sospechas no tardaron en verse confirmadas. Ante mí se apareció el ser más horrible que hubiera visto nunca.
Mi corazón parecía que fuera a estallar, las sienes no cesaban de martillear mi cabeza, mis piernas se agitaban con tal violencia que, a duras penas, si lograba mantenerme en pie.
- El amo desea verte, debo llevarte ante él.
- Su…supongo que yo también debo verle a él.
En una ágil maniobra, me cogió de la cintura y me elevó por los aires. El frío me acuchillaba el cuerpo, el miedo me acuchillaba los sentidos. Muchas veces llegué a pensar que aquella especie de sapo volador no tendría ningún reparo en dejarme caer al vacío. Afortunadamente no fue así y, en poco tiempo, empecé a avistar el castillo. Era tal como lo había imaginado. Emergía de entre las poderosas rocas del terreno, un gigantesco y oscuro castillo que venía a resumir, a grandes rasgos, lo que aquel mundo de sufrimiento representaba para los habitantes del Lugar de las Luces.
Era un castillo alto, altísimo, tanto que sus pendones parecían, sin piedad, atravesar como estacas el también oscuro manto de nubes que cubría el cielo. Sus fríos muros de piedra lo convertían en un lugar inexpugnable, y producían en mí una sensación a caballo entre el miedo, y la determinación del que sabe que tiene una misión que realizar.
Me depositaron en una de las almenas que sobresalían imponentes de entre los muros del castillo. Allí había dos guardias esperándome, con sus armazones, armas y escudos perfectamente bruñidos. Tras bajar por unas poco cuidadas escaleras, me guiaron a través de un angosto pasillo hasta una amplia estancia, del todo distinta al resto de habitaciones por las que había pasado. Ésta estaba elegantemente decorada, una gran moqueta sobre la que destacaba una inmensa mesa de madera presidía la estancia. Al fondo, una chimenea encendida proporcionaba el calor que yo había ansiado desde que llegué al Valle de las Sombras. Encima de la chimenea había un escudo, en el cual, dos esqueletos bailaban gozosos en medio de una orgía de muerte y destrucción. En la otra punta de la sala, pude reconocer una brillante urna de cristal. Era eso lo que había venido a buscar. Junto a ella, una enorme silueta negra vigilaba todos mis movimientos. Sí, allí estaba él, el hombre sin rostro, el Amo del Valle de las Sombras.
- Ponte cómoda -me dijo-
Yo obedecí, y tomé asiento en un sillón que estaba cercano a la chimenea.
- Selena ha sido muy lista al enviarte, sabe que me costará hacerte daño ¿y sabes por qué?
- N…no
- Sabe que me costaría hacerle daño a mi propia hija
Nada más pronunciar esas palabras se me heló la sangre. No podía reaccionar, no podía creer, no podía.
- ¿Sorprendida? Selena nunca ha querido que lo supieras, muy típico de ella. Tendrá miedo de que te vuelvas contra ella, que decidas unirte a mí y, en cierto modo, no va muy desencaminada porque eso es lo que quiero ofrecerte. ¡Únete a mí! Juntos conquistaremos los más recónditos lugares del Mundo de los Sueños, tendrás más riquezas de las que puedas gastar nunca. Sólo tienes que ayudarme a acabar con ella.
- ¿Y si digo que no?
- Tendré que eliminarte, como a ella. Te estoy ofreciendo la posibilidad de estar en el bando de los vencedores. Eres mi hija, eres hija de la luz y de la oscuridad. Ése es el único motivo que, de momento, te mantiene con vida. ¿ Qué eliges?
- ¿ Por qué quieres matar a Selena?
- Mientras haya equilibrio entre la luz y las sombras nadie domina a nadie, y yo lo quiero todo, ¡todo! Ahora ¡ elige! ¿Con quien estás? ¿Con ella, o conmigo?
La situación se iba volviendo tensa por momentos, debía actuar con rapidez. Así que me levanté de un brinco, corrí lo más deprisa que el miedo me permitía; la urna, debía alcanzar la urna…
- Veo que ya has elegido bando. Eres una amenaza para mí y lo que represento, te concederé como hija mía el honor de morir en mis manos.
Y desenvainó una enorme y afilada espada. Conseguí esquivar los primeros golpes, pero no podría aguantar mucho más. Resbalé y caí al suelo, estaba perdida. Y cuando estaba a punto de asestarme el golpe mortal, las palabras de Selena vinieron a mi memoria: “Sueña, hija mía, sueña”. Y así lo hice.
Y apareció, entonces, el Guerrero del Sol con su dorada coraza. Rápido como una centella interpuso su espada parando el que, seguramente, habría sido el golpe que pusiera fin a mi existencia, me salvó la vida.
Era una lucha violentísima, los dos contrincantes se asestaban golpes terribles, lo rompían todo a su alrededor, el estruendo del acero al chocar atormentaba la estancia. Mientras, yo me abalancé con las escasas fuerzas que me quedaban sobre la urna de cristal que, al tomar contacto con el suelo, saltó en mil pedazos. Fue un momento maravilloso, la luz comenzó a impregnarlo todo de vida: el desnudo paisaje del exterior se convirtió en un espeso paraje lleno de plantas y flores, el denso manto de nubes que cubría el cielo se disipó dando lugar a una graciosa alfombra azul en la que brillaba el sol a lo alto , brotaba alegría de todas partes.
Y aquel monstruo empezó a derretirse hasta que, por fin, con un último alarido desapareció para siempre.
Fue, entonces, cuando el Guerrero del Sol y yo nos perdimos entre las nubes de la imaginación, rumbo a casa.
Lo último que recuerdo es que cuando desperté en mi habitación era de noche, las heridas habían sanado, y la luna brillaba con todo su esplendor. Noté cómo me hizo un guiño, instintivamente fui a la ventana, y gritando dije:
- Buenas noches, mamá.