Todo gran supermercado que se precie tiene su propia marca que, en algunos casos, constituye un auténtico monopolio. Están ahí, como quien no quiere la cosa y, qué casualidad, siempre al lado de la marca líder para que nos demos cuenta del enorme ahorro que supone decantarse por la marca del establecimiento; siempre a la altura de los ojos para que no nos suponga un mayor esfuerzo hacernos con esos ansiados productos, quien los quiera de otra marca que pida una escalera o que se agache, pero la marca de la casa siempre estará a la altura ideal para que no nos tengamos que molestar demasiado. Enlazando con lo anterior, cuando oigo en casa que la “ marca de la casa” está buena, no dejo de pensar que el mismo producto lo tenemos unos cuantos estantes más arriba ( o abajo) un poco más caro, en un envase idéntico en su apariencia externa, pero con diferente etiquetado ( para evitar confusiones). Y es que, claro, los súper venden los productos, pero no los fabrican. Siempre hay algún empresario dispuesto a ingresar por los dos lados o que, y esto siempre lo he pensado, no esté dispuesto a ver cómo sus productos suben alarmantemente de precio, o son relegados a un lugar poco privilegiado dentro de la sección de que se trate. Estaríamos hablando, pues, de un diminuto, chiquitín, insignificante, pero vil y encubierto chantaje, por supuesto, sin tener pruebas que lo evidencien.