El rincón de Dolo

Marzo 22, 2007

El Ascensor

Archivado en: Mis monólogos — elrincondedolo @ 4:11 pm

Dice nuestra Real Academia de la Lengua Española que, el ascensor, es “un aparato para trasladar personas de unos a otros pisos”. Dicho así, el artefacto en cuestión no tiene mucho misterio pero si una se pone a pensar en las situaciones más dispares que en él se producen, se cambia rápidamente de opinión.

EL TIEMPO

Es una especie de conversación estándar cuando no se sabe qué decir, y ya estamos hartos de mirar arriba y abajo (o a un lado y a otro, en realidad, se pueden hacer varias coreografías)como si hubiésemos perdido algo.
Esta conversación en verano y en invierno da poco juego, ya que es evidente el tiempo que va a hacer en estas épocas del año, la salvación viene en primavera y otoño, y los días de lluvia, cuya temperatura es algo más indefinida y se pueden decir cosas como: ¡uf, ya empieza a hacer calor, o frío! ¡ Vaya la que está cayendo ¿eh?! Todo ello cuando ya es demasiado tarde y vienes calado/a hasta los huesos.

EL VECINO GRACIOSO

El colmo de las conversaciones de circunstancias viene dado por el que yo llamo el “vecino gracioso”. La denominación no viene dada precisamente por la gracia de sus comentarios, sino por todo lo contrario. Así, por ejemplo, cuando una aparece cargada con los huevos, la leche, el periódico, y sabe Dios cuántas cosas más; al vecino gracioso no se le ocurre otra cosa que preguntar si vienes de comprar. Y digo yo: ¿ De dónde se pensará este hombre que vengo, de escalar el Machu Pichu? ¿Será, quizás, una pregunta con trampa? ¿Realmente le interesa de dónde vengo?
Hay que reconocer que la pregunta desconcierta en un primer momento, pero el olor de la cebolla te devuelve a la realidad más amarga, sí, hoy también te ha tocado a ti ir a comprar, mañana pasará lo mismo.

LA BOLSA DE PATATAS

Es inevitable, donde hay humanos hay suciedad. El ascensor no iba a ser ninguna excepción. En él podemos encontrar desde cáscaras de pipas, envoltorios de caramelos, algún que otro chicle pegado por el suelo, las paredes… hasta anuncios de la Comunidad de Propietarios hechos trizas, pasando por bolsas de patatas, colillas, y ¿por qué no? Algún accidente fisiológico de un pobre perro al que no le ha dado tiempo de llegar a la calle. Todo un elenco de detritos humanos o no, pueden entrar a formar parte de la decoración habitual de un ascensor.
Hace poco, un señor se preguntaba cómo tendrían la casa aquellos que dejan el ascensor como lo dejan. Yo no tuve más remedio que contestarle que limpia porque, desde luego, la mierda de su casa sí que la sacan, aunque no tengan la decencia de tirarla en los sitios destinados por el ayuntamiento a esos efectos.

Marzo 1, 2007

La Triste Niñita Attacks

Archivado en: Mis historietas — elrincondedolo @ 3:47 pm

                                  

 DÍA 1 

Había salido una mañana horrorosa, el viento y el frío no se apiadaban de aquellos que, como la Triste Niñita, tenían que salir a comprar el pan cada mañana. Para colmo, el sol estaba cubierto por un estúpido manto de nubes…perdón, quería decir que el manto de nubes es tupido. Es decir, todo hacía presagiar la tragedia.

             Febril por haberse pasado toda la mañana delante de los videojuegos decidió ponerse el termómetro, ella no quería, pero lo hizo.

-¡cielos, ésta sí es una auténtica….(censurado, dejémoslo en  ¡ ghjgjhgj!)!

            El termómetro marcaba 38ºC, lo cual no podía significar nada bueno porque o bien se trataba de un simple enfriamiento; o bien (mejor dicho, o mal) se trataba de la tan temida gripe.

            La Triste Niñita, aquella de los ojos azules, aquella en cierto modo rubita miró con desesperación al infinito (no sé para qué, la pobre no veía tres en un burro a dos palmos de distancia). Tras darse por vencida porque, efectivamente, no conseguía ver nada, empezó a interrogar al termómetro:

 

- Termometrito mágico ¿esto es la gripe o es un enfriamiento?

- Yo que quieres que te diga, sólo marco la temperatura.

- Pues majo, ya podrías servir para algo más.

- Mujer, yo te puedo dar el número del móvil  de Gripy y se lo preguntas.

- ¡uy Gripy, qué confianzas!

- Compréndeme, parte de mi existencia se la debo a él ¿qué sería de mí si no le diera por aparecer de vez en cuando en vuestras miserables vidas?

- No me provoques, recuerda lo que le pasó a tu predecesor.

 

            Y a su bolita roja, la que indicaba el límite de su existencia (y, probablemente, el de la existencia del pobre desgraciado que consiguiera alcanzar esa temperatura) seguro que acudió la imagen de unas bolitas de mercurio esparcidas por el suelo, pertenecientes a Termogarganta Profunda, el primer chivato que sirvió a las órdenes…¿de quién?

 

- Mira que eres torpe.

- El tuyo es un oficio peligroso.

- Excusas.

- Tú sigue así que te la ganas.

- Tan diplomática como siempre. Te lo advierto, mide tus palabras cuando hables con Gripy porque no tiene tanta paciencia como yo. Y si yo soy un pelmazo, él lo puede ser todavía más.

- Jo, menudos amigos tienes.

- Lo que hace la conveniencia.

- Chaquetero.

- Torpe.

- Aquello fue un accidente.

- Yo diría más bien un termomicidio, cacho mamporro le diste contra la pared.

- Un fallo de cálculo. Pero vayamos al grano, dame el número.

 

            Y se lo dio.

 

- ¿Está gripy, por favor?

- ¿Por cuál de las cepas pregunta?

- En realidad no lo sé, por la que esté planeando ahora sobre el Sureste de la Península Ibérica.

- Ahora se pone ¿vale?

- Esperaré.

- Gripy-Lin al habla.

- ¿Gripy-Lin? (¿quién podía tener un nombre tan hortera?)

- Sí, es que soy la cepa asiática. Tengo otros hermanos como Gripy-James que es el británico, y Gripy-Smith que es el americano, pero no sigo porque somos una familia muy numerosa y muy cosmopolita.

- Encantada, soy la Triste Niñita. Bueno, yo en realidad quería saber si estoy en la lista de visitas.

- ¿Cuál dices que era tu nombre?

- Triste Niñita.

- Déjame buscar…

- De estar, estaría entre las más recientes.

- Ah, sí , aquí estás.

- Vale, gracias por la información.

- ¡Caramba, qué bien se lo ha tomado!

 

            Su nombre estaba allí, escrito con letras de sangre (es por exagerar un poco, al fin y al cabo era sólo una gripe). Todos sus planes del fin de semana (porque ¡carajo! era sábado), y de parte de la semana que venía (porque eso no se va en dos días) se fueron al  traste. Estuvo luchando contra algo que era ya evidente, lo único que quería era no tener que meterse en la cama porque eso sólo significaba una cosa: aburrimiento.

            Las radiaciones del televisor seguían siempre un mismo camino que no era otro que el cuerpo de la triste niñita. Ella las necesitaba, ella sabía que no podría disponer de ellas durante su encierro, durante un buen período de tiempo. Así que intentó acumular todas las que pudo, sabía que pasar un “mono” en la cama con gripe no iba a ser una experiencia agradable. Pero aún quedaba lo peor, adiós al café (¡buuu!). Aquello empezó a adoptar tintes de tragedia. Adiós a la tertulia de la sobremesa, aquello iba a ser muy duro. Le dolía ya el alma de tanto pensar, ¡ 6 años sin coger una gripe, ¿y tenía que pasar precisamente ahora? ( tampoco pasaba nada grave por que sucediera ahora, tarde o temprano tenía que suceder)! Se puso de nuevo el termómetro…

 

- Termofónica le informa que su temperatura ha alcanzado y superado los límites de lo razonable.

- Traduce al cristiano y ahórrate las formalidades.

- Pues que tienes fiebre y que te metas en la cama.

 

            Vencida, derrotada, no tuvo más remedio que hacerle caso. Y se metió en la cama, desesperando la llegada del nuevo día.

  DÍA 2 

No quería admitir que se encontraba fatal, le dolía todo el cuerpo tal como si le hubiera pasado por encima un trolebús ( y eso que ya no existen). Tampoco quería consultar el medidor de temperatura, tan sólo deseaba pensar que lo sucedido el día anterior había sido un sueño, que esa mañana se encontraba ¿ perfectamente? Pero una vocecita interna le decía que tenía que hacerlo.

 

- No seas “gili” y ponte el termómetro.  

- Bueeeeno, vaaale.

 

            Y  se lo puso.

 

- Tengo malas noticias.

- Dispara.

- ¡ Bang!

- ¡ Aaaagggh! En fin, basta de chorradas.

- Digamos que como no tomes medidas me vas a hacer estallar.

- Me lo temía.

- Conozco a un tipo que te puede ayudar, el capitán Gelo, puedo arreglarte una entrevista con él.

- Vale.

 

            Su nombre completo era Gedeón Gelocatil, y según el prospecto era catalán. Era una pastilla blanca, de textura rugosa, corpulenta, de sabor desagradable, eso sí, pero su reputación era bastante buena y no cobraba demasiado : 232 ptas. IVA incluido, a saber cuántos euros de esos son. Su fama como mercenario en las guerras gripales que cada año sacudían todo el mundo no conocía límites, recibiera el nombre que recibiera siempre habría un capitán Gelo para combatir la fiebre.

 

- Capitán Gelo a su servicio.

- Tengo fiebre.

- Lo sé, querida, si no, no me habrías mandado llamar.

- En fin, no sé qué decir más que puede empezar a trabajar.

- A la orden.

            Fue una batalla muy dura, una décima por aquí, un grado por allá. Pero el propósito inicial que era bajar la temperatura se consiguió. Ajena a todo esto, nuestra protagonista se enzarzaba en otra de sus frecuentes peleas con Termo ( el Termogarganta Profunda suplente).

 

- Me tienes mareado ya, voy a quejarme al sindicato de termómetros, eres una negrera ¿acaso crees que por mucho ponerme, que por mucho sacudirme te vas a poner mejor?

¡ Por fa, voy a acabar como mi predecesor!

- Es que… estoy muy aburrida y claro, así de 5 en 5 parece que el tiempo corre más deprisa. Además, te informo que estás durando más que los otros, no tientes la suerte.

 

            El verdadero descanso de Termo llegó por la noche, cuando ella dormía, cuando ella soñaba con el día en que podría salir de su cautiverio, de aquella horrible prisión que , en aquellos momentos, era su habitación ( ¡toma ya! Me ha salido un pareado sin haberlo preparado, o no).

 DÍA 3 

Al día siguiente el termómetro invitaba a la rebelión, así que echó mano del capitán Gelo para darle el golpe de gracia no sé muy bien a quién, pero a alguien sería.

 

- Mira, Termo, no tengo fiebre.

- Tus ganas, ya verás como luego te sube.

- No seas gafe.

- No soy gafe, soy realista.

- Pues eres un realista gafe.

- Siempre tienes que decir la última palabra.

 

            Decidió, pese a las advertencias, realizar una peque a expedición primero por su cuarto, y después por toda la casa. De esta manera, pudo comprobar que uno de los pinitos que le había regalado un Papá Noel vestido de verde ( también puede suceder que además de cegata, sea daltónica, el colmo) las navidades ya pasadas (en realidad tenía 3 semillas de pino, pero siempre tiene que haber algún aventajado) había germinado. Todo un logro para ser invierno y hacer un frío que pela, y para ser una persona que no tiene ni idea de pinos. Lo miraba fijamente y sabía que, si no moría en el intento de sobrevivir este mundo plagado de incendios forestales, si no moría a causa de los ¿cuidados? de la Triste Niñita, tarde o temprano tendría que desprenderse de él porque cuando fuera mayor ya no cabría en casa. Quería hacer de él todo un pino hecho y derecho, y estaba con ganas de demostrar al mundo ( a falta de algo más interesante que hacer) que podía sacar ese pino adelante. También sabía que, a pesar de la distancia, sus futuros estaban ya íntimamente ligados. El único problema era que Ruperto, el ficus, se pusiera algo celoso, pero de momento parecía no inmutarse.

 

                                     ———————————–

 

- Capitán  Gelo, ¿ cuál es la situación?

- Se defienden bien, pero no te preocupes que venceremos.

- ¿Tiene algún plan secreto, alguna arma secreta?

- Bueno, tengo dos escuadrones de paracetamol apostados en ambos flancos para realizar una maniobra envolvente.

- No he entendido nada pero suena muy bien, proceda.

- A la orden.

 

            La Triste Niñita no sabía ya en qué ocupar su tiempo, notaba cómo las horas transcurrían lentamente. Se había fulminado todos los libros que la fiebre le había permitido leer  ( o sea, uno), se sabía la programación de la tele de memoria, y total para qué, no había ninguna cerca. Como último recurso acudió a un viejo hobby abandonado hace muchos años, es decir, volvió a escribir ( aunque sean chorradas como estas).

            Esa tarde recibió una visita inesperada.

 

- ¡Gripy- Lin! ¿ tú por aquí?

- Hola, ¿ cómo estás?

- Encima cachondeo, gracioso.

- Perdona, es la costumbre. De todos modos debes saber que he sido bueno contigo, me has caído bien.

- Pues menos mal. ¿Qué te trae por aquí?

- Bueno, tu casa me pillaba de paso y me he dicho ¿por qué no? y he decidido hacerte una visitita. Puedes considerarte afortunada, no suelo visitar a todas mis víctimas .

- Afortunadísima ( hasta ella misma se sorprendía de lo cínica que podía llegar a ser).

- Por cierto, te he traído un regalo.

- ¿ Y esto qué es?

- Una cadena de proteínas último modelo.

- ¡ Ay, qué ilu! ( ¡ ceporro!).

- Se me estaba ocurriendo que cuando que cuando te recuperes podríamos quedar para  tomar unas copas por la noche… ya sabes.

 

            ¡ Lo que le faltaba por oír! Un virus intentando ligar con ella. Aquello era más de lo que podía soportar.

 

- Pues no, no sé. Además, me parece una muy mala idea. ¡ Uy, qué tarde es! ( ésta es una de esas cosas se dicen así como quien no quiere la cosa, para ver si cuela y una visita que se está haciendo pesada se larga de una vez, es decir, es una indirecta bastante directa).

- Necesitas descansar, vendré a verte otro día.

- ¡No! De verdad que no es necesario.

- Adiós.

- Adiós, y gracias por el regalo es muy…bonito. Lo pondré en el florero ( lo que dicen algunos para hacer la pelota).

 

            Mientras tanto, en algún lugar de la mesita de noche, Termo conversaba con su amigo Mercurio, eran inseparables.

 

- ¡ Qué tía más plasta!

- Y eso que le dije, que le rogué, que le supliqué, que 

- No te repitas tanto.

- … que no me pusiera y quitara tanto.

- Veo que te ha hecho caso je, je.

- En el fondo es buena persona, hasta me da pena y todo verla así, tan aburrida. Tendrías que verla cuando está buena, siempre de un lado para otro, no para.

- Uy, uy,uy, aquí hay tomate.

 

            Termo empezó a ponerse colorado.

 

- ¡ Chico, para, para, que vas a hacernos estallar!

- Es un amor imposible, me tengo que conformar con los pocos momentos que paso junto a ella, yo, metido entre sus…

- Bueno, para, no quiero saber los detalles.

- Vamos a descansar que mañana nos espera otro día duro de trabajo.

 

 

DÍA 4 

El último día fue ya la “refinitiva” . La Triste Niñita tomó al asalto la cocina ( sobre todo la cocina. Aunque de hambre no se iba a morir precisamente), se paseó con ansiedad por toda la casa. Se sintió bien al ver la cama hecha con esa colcha de tulipanes psicodélicos, se sintió bien al ver a su ovejita de peluche “BEE” ( ese era el nombre de la ovejita) apostada encima de los dos cojines que servían de adorno ( no servían para nada más, así que por eliminación he deducido que  son de adorno, no por otra cosa).

            ¡ RIIIIINGGG!  Sonó el timbre.

 

- ¡ Gripy-Lin, qué agradable sorpresa! ( je, je, cab…. (censurado, dejémoslo en ¡                       !).

- He venido a despedirme, tengo mucho mundo todavía por infectar. Si quieres vengo otro día y…

-No, de verdad , no insistas. Me consta que voy a tardar mucho en olvidarte.

- Yo a tí nunca, ya nos veremos.

 

            Y se fue, pero la Triste Niñita tenía la sensación de que volverían a verse. Cuanto más tarde mejor, estaría pensando ella.

            Pero volvió a sonar el timbre: ¡RIIIIING!

            Y allí estaba él , con su uniforme blanco con bandas rojas, con su envoltorio plateado, con su composición perfectamente legible al dorso, con el prospecto elegantemente liado a modo de fajín. No había duda, era el capitán Gelo.

 

- Hoy parece que es un día de despedidas.

- Sí, eso parece, princesita. De todos modos prefiero decir hasta la próxima.

- Gracias por todo, capitán Gelo.

- Ya  sabes que puede recurrir a mí siempre que me necesites.

- Así lo haré.

 

            Y marchó a las tierras altas,, allí donde la luz sólo da cuando se abre la puerta  del armarito de los medicamentos. Allí marchaba él, siempre con su imponente presencia, siempre servicial.

            Era una mañana en la que todos estaban medio contentos, medio tristes. El que más triste estaba era Termo, sabía que tardaría en volverla a ver, en volver a ver a aquella mujer que le había robado el corazón de metal líquido que tenía, soñó con la triste niñita, soñó con la única criatura que había conseguido conmover su frágil esqueleto de cristal  y por la cual, en secreto, había derramado pequeñas lágrimas de mercurio cada noche, cada día, siempre resguardado en el estuche blanco de plástico que le protegía de cualquier contratiempo, siempre en silencio.

 

           

 

           

             

ADVERTENCIA A LOS LECTORES NO INICIADOS EN LA OBRA DE LA AUTORA (y si los iniciados, que son unos pocos, quieren leer esto pueden hacerlo, y si no quieren leerlo tampoco se pierden nada)

 

            Éste no es un cuento común, ni siquiera ha sido concebido para su exposición pública, digamos que casi me estoy escribiendo esto a mi misma. Siempre quise que alguno de mis cuentos tuviera un prólogo o algo parecido, aunque normalmente nadie los lea. El relato fue realizado con el único propósito de entretenerme cuando estuve aquejada de gripe no hace mucho (depende de cuándo se lea el cuento). Todo ello hace que el trasfondo de la historia sea verídico, pero desde luego todos los objetos inanimados lo siguen siendo. También he de decir que, aunque sale alguna marca de medicamentos, desgraciadamente yo no he visto un duro por publicidad, simplemente pensé que contribuiría al realismo subliminal de la historia.

            El tipo de humor que en ella se refleja es del totalmente descabellado y absurdo, por lo que puede suceder que no sea comprendido o que no haga gracia, pero yo me reí muchísimo en su momento y, en el fondo, es de lo que se trata. Espero que ocurra lo mismo contigo lector o lectora anónima.

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