“ Jungla de asfalto” . Así se denomina por regla general a la ciudad, y no sin falta de razón. La imagen que tenemos todos de la jungla es que ésta es un lugar plagado de plantas exóticas, infestado de mosquitos, lleno de animales peligrosos, y melodiosamente ambientado por los graznidos, rugidos…, en definitiva, “…idos” varios, de sus ruidosos y, alguno de ellos ( la minoría), armoniosos habitantes. Pero, sinceramente, de toda esta mezcla surge una combinación interesante, por lo menos para los que tenemos el espíritu aventurero, aunque sólo lo pongamos en marcha acostados sobre un mullido colchón, preferiblemente con la luz apagada: Correr desesperadamente delante de un león, en busca de un alto para poder salvar nuestra vida; huir entre la espesa maleza de la selva para no acabar dentro de la cazuela de una tribu de caníbales; nadar a través de un lago lleno de cocodrilos; negociar el intercambio de objetos por víveres con las tribus amistosas… Todo esto se vuelve rutina cuando se trata de correr delante de una motocicleta (incluso por la propia acera); huir al descubierto de una pandilla de Skins que te quieren atracar( por algo los llamarán tribus urbanas); nadar en época de gota fría a través de las anegadas calles de la ciudad con, eso sí, la emoción de caer dentro de una trapa abierta; o, simplemente, ir a comprar al mercado, o súper de confianza. En la jungla que conocemos, en la prefabricada, la maleza, las grutas y cavernas, se ven sustituidas por bloques de cemento armado, y una flora y una fauna un tanto peculiar; los exóticos sonidos, por el alegre tintineo de las taladradoras, por el amenazante rugido de los motores… por el caos. Y, sin embargo, no sabemos vivir de otro modo.
LA FLORA
Flora, lo que se dice flora, no hay. En las plazas más afortunadas árboles centenarios sobreviven no sabemos muy bien cómo ( y que sea así por mucho tiempo, porque si no están perdidos) al paso del tiempo. Pero, en lo que es la regla general, la flora de las ciudades se compone de raquíticos parterres y de árboles esmirriados de dudosa supervivencia para tiempos futuros. Sin embargo, lo realmente curioso del fenómeno es que están de tal forma orientados que, en invierno, la escasa sombra que puedan dar, va a parar a un modernísimo banco de hormigón ( a conjunto con el resto de la plaza). Mientras que, en verano, el sol cae implacable sobre el mismo banco y la cabeza de los valientes viandantes que se atreven a descansar en él. Está claro que, las autoridades, eso del cambio climático se lo están empezando a tomar en serio.
LA FAUNA
Un gran filósofo griego definió, en su día, al Hombre como un “animal racional”. Esto hace más difícil, si cabe, la clasificación de la fauna que habita las ciudades, entre otras cosas, porque dentro de los animales racionales hay algunos que no lo son tanto. ¿ Qué somos, animales o personas? Hay que tener en cuenta que formamos parte del maravilloso y extenso mundo de los mamíferos y, dentro de ellos, hay que reconocer que somos unos mamíferos poco aventajados. El hecho de caminar sobre dos patas (con perdón) hace que nuestra adaptación al medio sea inferior a la del resto de animales y, claro, ya que no nos adaptamos al medio ¡qué menos que adaptar el medio a nosotros! Para ello tenemos la inteligencia, otra cosa es que la utilicemos, o que lo hagamos de forma correcta ( aunque, debido a mis creencias profundamente relativistas, sobre esto habría mucho que discutir). La inteligencia es una especie de compensación que la Madre Naturaleza nos ha querido hacer por no poder subirnos a los árboles a ganarnos la comida, con la misma facilidad con que lo hacen nuestros primos los monos. Nos ha permitido someter el medio a nuestro capricho, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestra propia naturaleza. Es esto último lo que asusta. Por un lado, somos animales, tenemos los mismos instintos que ellos independientemente del grado de desarrollo. Somos seres agresivos, la violencia forma parte de nosotros nacemos con ella y morimos con ella. Por otro lado, somos personas. Somos capaces de controlar dichos instintos, y de censurar aquellas conductas que atentan contra el “ orden moral” de una sociedad; buscamos consuelo, y las respuestas que nunca podremos conocer a través de las religiones… Tenemos miedo de nosotros mismos porque sabemos que de este equilibrio depende nuestra supervivencia.