Comentario: Mi amigo y yo
Bueno, siguiendo un no sé si muy estricto orden cronológico (o no, porque confieso que tengo historias mucho más antiguas sólo que están escritas cuando contaba con muy corta edad, y he decidido por razones de corte humanitario ahorrarlas al lector) es justo destacar este cuentecilo lacrimógeno (que dicho sea de paso es mi mayor éxito literario hasta el momento) escrito con ocasión de un concurso del colegio allá por 3º de BUP (cuando aún existía eso), que por cierto gané (por eso es mi mayor éxito literario). Esta historia estuvo en un tris de ser publicada pero, lamentablemente, no salió bien la historia y la verdad es que es una pena porque me hacía hasta ilusión y todo a pesar de que considero que es un poco ñoña para ser mía (ya me iréis conociendo), en fin espero que os guste.
MI AMIGO Y YO.
Aquí estoy, en un cementerio, con otros tantos que corrieron la misma suerte que yo. Hay tanta paz, tanta calma, tanta soledad. La madera raída de mis entrañas cruje al compás de las olas, y esto me trae recuerdos tan agradables que no cesan de atormentarme. Deseo contar mi historia a fin de liberarme, por unos instantes, de esa carga tan intensa que supone la nostalgia.
Mi nombre es Fernando I, “Fernandito”, para aquel pequeño niño que, con el paso de los años, sería mi patrón, mi amigo, ese dulce niño que frecuentemente me decía:
- ¿ Sabes Fernandito? Quiero morir como un marino, no como un señor de hilo fino con chaqueta de algodón.
Y yo le respondía:
- Acepta tu destino, lo que tengas que ser, serás. Así Dios lo ha establecido.
Parecía entenderme. Después de tan singular diálogo con un brinco sobre mi lomo saltaba y yo, temeroso de que el chico cayera, trataba de mantener el equilibrio. Una vez sobre mí montado, nos deslizábamos por el agua, tan clara y cristalina como una cristalería. Iniciada la travesía, de mil gracias me reía. Recuerdo en especial aquel día en que su padre, propietario de una empresa naval, en el mar con redes le enseñó a pescar, ¡ lo hacía tan mal!, que al agua los dos fueron a parar, mientras yo, de risa, me balanceaba de un lado a otro.
- ¿ De qué te ríes? -preguntaba.
- De nada, de nada- contestaba yo.
Mientras, su padre se extrañaba de que le estuviera hablando a una barca. Transcurridos dos años, cuando supo manejarme correctamente, surgió entre nosotros la verdadera amistad. Él me lo contaba todo y, si tenía algún problema, yo trataba de ayudarle. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y los meses en años. El niño que conocía se convirtió en un hombre, aunque conservando su pelo negro, sus ojos claros, y esa mirada. Un día, recibió la noticia de que sus padres habían muerto en un accidente de ferrocarril, y que debía marchar a La Coruña con sus abuelos. Pero, a pesar de la distancia, él me llevó consigo. Una vez allí, aprendió el oficio de pescador, y ambos salíamos a navegar cada amanecer, solos, él y yo, en las inmensidades del océano.
Una tarde, al volver de faenar, sus abuelos fueron a recibirle a puerto. Pero no estaban solos, una hermosa muchacha estaba con ellos. Sí, sin duda era hermosa, delgada, ojos azules, cabello dorado. Todo lo bonita que se podía ser, y desear, no me extrañaba en absoluto la expresión de mi amigo al verla, lo cierto es ni siquiera me dirigió la mirada para despedirse. No se lo reprocho, yo tampoco me despedí. A la mañana siguiente, mientras trabajaba me preguntó:
- Fernandito, ¿Qué te ha parecido, verdad que es hermosa?
- Por mucho que pueda hablar contigo, te diré que sigo siendo una barca y, por lo tanto, no entiendo una palabra de mujeres. Pero ya que insistes, te diré que es la criatura más bella que mis ojos han podido admirar, por supuesto, detrás de tu madre. Ahora dime, ¿ cómo se llama, de dónde ha salido?
- Se llama Azucena, como las flores, y es la sobrina de los vecinos. Está pasando unos días aquí y, como ya pudiste ver ayer, mis abuelos la convencieron para que viniera a conocerme, pero ella no parecía muy dispuesta, ya sabes. Dime, Fernandito, ¿ qué puedo hacer para conquistarla?
- Tu padre, para conquistar a tu madre, utilizó el viejo sistema de dar un paseo en barca ¿ te lo imaginas? Allí, los dos solos, la luna en medio de los dos, el silencio de la noche, dulces palabras de amor y, al final, esa petición, ¿ no es romántico?
- ¿Crees que aceptaría?
- No lo sé, pero recuerda, en caso de que acepte, que yo no me meteré y, por lo tanto, no tendrás mi ayuda. Así que pórtate como un caballero, y deja que sea ella quien lleve la iniciativa, aunque eso no quiere decir que pierdas el control de la situación.
- Primero tendré que pedírselo.
Se puede decir que su cita fue un auténtico fracaso, y puedo afirmar que nunca había visto a ese muchacho tan desanimado. Incluso ya me estaba poniendo triste a mí. Sin duda había cambiado su vida, de siempre estar riendo, y hablando, a estar llorando y no decir palabra. Con el tiempo se le fue marchando de la cabeza, y nuestro joven amigo siguió creciendo, yo con él, pero la ventaja de ser una barca de madera es que te pueden ir reconstruyendo.
En fin, volvamos donde nos habíamos quedado. Mi amigo creció, y se convirtió en un barbudo lobo de mar. Una mañana, a pesar de mis advertencias, salimos a la mar, y cuando ya estábamos bastante lejos empezó la tormenta. El mar se picó, de tal manera, que yo trataba de mantener el equilibrio para que no lanzase a mi compañero al mar, si no, moriría ahogado. La lluvia caía con tal intensidad que formaba una cortina de agua, no se podía ver nada. Mi patrón luchaba contra viento y marea para que me mantuviera a flote, al mismo tiempo, remaba hacia puerto. De pronto, se oyó un crujido, y un dolor intenso recorrió todo mi cuerpo. ¡ Dios mío! ¿ Qué estaba pasando? ¡ Se ha abierto una grieta! Poco a poco sentía que me ahogaba, no podía con el patrón y el agua al mismo tiempo. Él dejó de remar y se dedicó a achicar agua, pero las fuerzas empezaban a fallarle. De repente, una gran ola saltó sobre nosotros y mi amigo cayó al mar, yo fui lanzado sobre unas rocas. El patrón fue rescatado por un pesquero de mayor envergadura que también fue sorprendido por la tormenta; yo sólo rezaba para que una ola no me partiera en dos.
Al día siguiente, recuerdo que unos hombres me desencallaron y me llevaron a unos astilleros cercanos del lugar donde vivía mi compañero ¡ ojalá pudiera andar para ir y decirle que estoy vivo! Pasaron seis largos meses hasta que estuve a punto para hacerme de nuevo a la mar. Durante ese tiempo, se me introdujeron bastantes reformas, una de ellas, es que dejé de ser una barca de pescador pequeñita para convertirme en una barca mucho más grande. Llegó el día tan ansiado para mí, estaba nerviosísimo ¡ por fin me iban a reflotar! Pero ese día significó algo más para mí. Allí estaba el hombre que durante tanto tiempo había sido mi amigo y compañero inseparable. Llevaba algo en la mano, era un pincel, y con él me rebautizó con el nombre de “FERNANDITO”. Si yo no hubiera sido una barca, seguramente me habría puesto a llorar en aquel instante, nunca había sentido tanta emoción.
Con el tiempo, se casó con una muchacha que, si se me permite dar mi opinión, podría haber sido su hija. Ella lo apartó del mar, intentó apartarlo de mí también, incluso intentó convencerlo para que fuera a una de esas clínicas de reposo:
- ¿ cómo va a hablar una barca?, decía. Para mí que sólo iba por su dinero, recordad que su padre era el dueño de una empresa naval. Pasaron los años y los cabellos se tornaron grises, y esa vejez le trajo recuerdos, nosotros dos, los amigos inseparables. Y en un intento de recobrar esa vieja amistad, fue a puerto, montó sobre mí, y empezó a remar. Fue bonito volver a oler ese aroma a tabaco de pipa con menta, fue agradable volver a escuchar su voz, sí, era el día más feliz de mi vida y, probablemente, de la suya también. Aún lo recuerdo todo, el sol iluminando el cielo, una ligera brisa rozándonos la cara, era demasiado bonito para que pudiera durar mucho. De pronto, el cielo se tornó gris, la oscuridad se apoderó de aquella mañana, la leve brisa que soplaba se convirtió en un huracán, las suaves olas que me acariciaban empezaron a golpearme con violencia, me ahogaba. Tal vez, años antes mi patrón habría luchado por llegar a puerto, ahora sólo podía luchar por sobrevivir. Me gritaba, me daba ánimos para que consiguiera mantener el equilibrio, caer al agua significaba la muerte, ahora tenía yo que luchar por los dos. De vez en cuando se alzaba y hacía señas con una camisa, para ver si el vigía del faro lo divisaba e iba en su ayuda. Era difícil mantener el equilibrio, el mar estaba furioso, lo intentaba una y otra vez y, cuando logró mantenerse en pie, una ola lo lanzó al mar. Intentaba nadar hacia mí, y yo trataba de avanzar hacia él, pero era inútil, cuando levanté la vista no vi a nadie, se lo había tragado el mar. Volví a embarrancar donde lo había hecho años antes, aún recordaba ese lugar, de extraordinaria, y cruel belleza.
La tormenta se calmó y algunos pescadores salieron a buscar a mi amigo, yo sabía que no aparecería, ellos también, pero no querían creerlo. Tras varias horas de búsqueda, decidieron sacarme de allí y me llevaron a un cementerio de barcos que había cerca de puerto. No paraba de pensar en las palabras que aquel marino me dijo cuando todavía era un niño: ¿Sabes Fernandito ? Quiero morir como un marino, no como un señor de hilo fino con chaqueta de algodón. Desde el momento en que me llevaron al cementerio sabía que no me iban a reparar, incluso antes lo sabía, sabía que, tal vez, hubiera sido mejor hundirme con él, morir de inmediato, y no consumirme lentamente, con mis recuerdos.